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DEPORTES
El renacimiento del fútbol
- Por Gustavo Zamudio
El Renacimiento irrumpió el siglo XV y se extendió hasta el XVI rescatando los ideales estéticos de la cultura clásica. La pintura de esa época tuvo su epicentro en Florencia y cuatro talentosos pinceles revelaron de qué se trataba la belleza. Leonardo Da Vinci dejó su soberbio talento en «La última cena», Miguel Angel desplegó su capacidad en la cúpula de la Capilla Sixtina, Rafael mostró en «La escuela de Atenas» una inolvidable escena que tenía como figuras centrales a Platón y Aristóteles, y Sandro Botticelli marcó su sello en «La Primavera» y en «El Nacimiento de Venus».
El fútbol, que es por estos días el arte más popular en el mundo, también tuvo su Renacimiento hace exactamente 50’años. Fue una tarde soleada de miércoles, el 20 de octubre de 1976, cuando en la modesta cancha de Argentinos Juniors, Diego Armando Maradona debutó como jugador de Primera División.
Frente a Argentinos estaba nada menos que el lujoso Talleres de Córdoba, un equipo que convocaba público de paladar negro cada vez que jugaba en Buenos Aires. Sólo por eso, poco más de 6.000 personas concurrieron a los desvencijados tablones de la cancha de matas desparejas, en el entonces tranquilo barrio porteño de La Paternal.
El Metropolitano de 1976 tuvo un organigrama singular ya que los equipos se dividieron en dos zonas. Una vez finalizados los enfrentamientos, y de acuerdo a como se ubicaron en la tabla de posiciones, los mejores pelearon por el campeonato (lo terminó ganando el Boca Juniors de Juan Carlos ‘Toto’ Lorenzo), y los otros lucharon por no descender (regresó al fútbol de los sábados San Telmo).
Argentinos Juniors hizo un gran esfuerzo por no caer y lo consiguió. Luego encaró el Torneo Nacional tratando de formar la base de un equipo que en la temporada siguiente no sufriera tanto. Esa tarea fue encomendada al entrenador Juan Carlos Montes, quien agarró el plantel en las últimas fechas del Metro y luego planificó con más tiempo el Nacional. Fue el primero de esos torneos el que vio nacer futbolísticamente a Maradona.
«Yo llegué a Argentinos y me acompañaba en el trabajo sólo el profe Rodolfo Balgoni, no había ayudante de técnico ni nada. Es más, yo dirigía la Primera y la Reserva. Las divisiones inferiores no tenían cuerpos técnicos, apenas si había un delegado de cada categoría inferior», recordó Montes. El técnico rosarino siguió escarbando en su memoria: «El delegado de la séptima división se acercó a mí y me dijo que había un chico especial. Me habló algunas veces hasta que decidí que lo trajera a un entrenamiento con el equipo de Primera División para verlo. Lo vi y quedó».
Lo que no sabía Montes era que Maradona arrastraba una dura sanción por un partido final en las inferiores. Había sido expulsado por hacerle burla al árbitro. Cumplió el castigo y fue en ese momento cuando su debut en Primera se tornó impostergable.
Frente a Talleres estuvo en el banco de suplentes, con el número 16 en la espalda. Le tocó ingresar en el inicio del segundo tiempo reemplazando a Giacobetti, un volante de marca al que Montes ese día le había pedido tener un poco más la pelota. No cumplió bien la función y en el entretiempo se quedó en el banco. Sí, no fue al vestuario, se sentó en el banco para observar el debut del pibe que todos esperaban ver en acción. Ocurre que ellos lo conocían bien y ya empezaban a sufrirlo en los entrenamientos.
«Para que tengas una idea, en esa época, los que debutaban en Primera no tenían menos de 19 años, era difícil. Pero Diego tenía 15, tenía la altura de siempre pero era flaquito. Después iban a ver a Argentinos porque era el equipo que tenía el jugador más joven de la historia», recordó Montes.
Una frase del entrenador quedaría en la memoria colectiva de los futboleros. Le dijo a Diego antes de ingresar a la cancha: «Entrá, jugá y la primera pelota que agarrás, tirá un caño».
El árbitro Roberto Maino pitó el inicio del segundo tiempo, ganaba Talleres 1 a 0 con gol del ‘Hacha’ Ludueña y ese terminaría siendo el resultado final. Pocos minutos pasaron, ‘Pelusa’ recordó el pedido de su técnico, tenía la pelota en el medio del campo de juego, enfrentó la marca de Juan Domingo Patricio Cabrera y le hizo un caño. No sólo dejó en claro su capacidad sino su personalidad. En la tribuna, su padre, Don Diego, había llegado a la cancha sobre la hora porque no había podido salir antes del laburo.
Nadie se imaginaba que a partir de ese día la historia del fútbol universal iba a cambiar su rumbo. Ya nada sería igual.
Como los pinceles de oro del siglo XV y XVI, Diego también le puso marca registrada a la belleza y dejó sus obras inolvidables como una muestra para la posteridad. Sólo basta recordar el día en que dejó un tendal de ingleses en el Mundial ‘86, transformando al Estadio Azteca de México en el templo del fútbol.